Dolor de espalda: cuándo acudir a una clínica de fisioterapia
Descubre cuándo consultar por dolor de espalda, qué síntomas conviene valorar y cómo la fisioterapia puede ayudarte a recuperar la movilidad.
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La tendinitis del hombro es la inflamación o irritación de uno o varios tendones que conectan los músculos con los huesos de la articulación del hombro. Esta región destaca por ser la más móvil de todo el cuerpo humano, pero esa extraordinaria amplitud de movimiento compromete su estabilidad biomecánica.
Afecta principalmente a los tendones que componen el manguito rotador (supraespinoso, infraespinoso, redondo menor y subescapular) y a la porción larga del músculo bíceps braquial. Cuando estos tejidos sufren una sobrecarga continuada, se produce un microtraumatismo que desencadena dolor, rigidez y pérdida funcional.
El desarrollo de una tendinitis rara vez se debe a un único factor. Habitualmente responde a la suma de estrés mecánico, alteraciones metabólicas y factores biomecánicos que terminan por superar la capacidad de regeneración del tejido tendinoso.
Realizar movimientos reiterados por encima de la cabeza genera una fricción constante en el tendón. Actividades profesionales como la pintura, la construcción o el trabajo en línea de montaje, así como deportes de raqueta, natación o entrenamiento con pesas, son desencadenantes frecuentes.
Con el paso de los años, el riego sanguíneo que llega a los tendones disminuye de forma natural. Esta menor vascularización reduce la elasticidad de las fibras de colágeno, haciendo que el tendón sea mucho más propenso a sufrir microroturas ante esfuerzos cotidianos.
Un golpe directo sobre el hombro, una caída apoyando el brazo extendido o un tirón repentino pueden lesionar las fibras del tendón de forma aguda. Sin embargo, los microtraumatismos repetidos que no se dejan cicatrizar adecuadamente son aún más comunes.
El espacio subacromial es el canal por el que discurren los tendones del manguito rotador. Si existe un engrosamiento de los tejidos, espolones óseos o una mala posición de la escápula, se produce un compromiso de espacio o el llamado síndrome de atrapamiento, pellizcando el tendón durante la elevación del brazo.
El síntoma cardinal es un dolor sordo pero punzante al realizar una elevación lateral o frontal del brazo. Tareas simples como peinarse, abrocharse la ropa por detrás o alcanzar un objeto en una estantería alta se vuelven molestas o impracticables.
A medida que el proceso inflamatorio se prolonga, la articulación pierde rango de movimiento. Se experimenta una sensación de debilidad e impotencia funcional al intentar sostener peso con el brazo extendido, provocada por la inhibición muscular de origen doloroso.
Es muy habitual que las molestias se intensifiquen durante la noche, especialmente al tumbarse sobre el lado afectado. El reposo prolongado y la postura de decúbito aumentan la presión intrarticular, interfiriendo directamente con la calidad del sueño.
Al mover el hombro, es posible percibir crepitaciones, chasquidos auditivos o sensaciones de roce interno. Esto ocurre cuando el tendón engrosado o la bursa inflamada rozan contra las estructuras óseas adyacentes.
Engloba la inflamación general del conjunto de tendones estabilizadores. Provoca una alteración global de la biomecánica del hombro, dificultando las rotaciones interna y externa del brazo.
Es la variante más frecuente debido a la localización anatómica del tendón del supraespinoso, justo debajo del acromion. El dolor suele concentrarse en la cara lateral del hombro y se desencadena principalmente entre los 60° y 120° de elevación del brazo.
Afecta al tendón que discurre por la corredera bicipital en la cara anterior del hombro. Produce un dolor localizado en el frente de la articulación que se acentúa al flexionar el codo contra resistencia o empujar objetos.
Se caracteriza por el depósito de calcio en el interior del tendón, frecuentemente en el supraespinoso. Puede causar episodios de dolor agudo muy intenso y limitar severamente la movilidad hasta que el depósito se reabsorbe o se trata.
El diagnóstico comienza con una anamnesis detallada y una exploración física minuciosa. Mediante test ortopédicos específicos (como las pruebas de Neer, Hawkins-Kennedy o Jobe), el profesional evalúa la movilidad activa y pasiva, la fuerza muscular y las maniobras de provocación del dolor para identificar la estructura dañada.
Las pruebas complementarias permiten confirmar el diagnóstico y valorar el estado interno de los tejidos:
El tratamiento conservador de fisioterapia es la opción principal y más efectiva para resolver la tendinitis de hombro, abordando tanto los síntomas como las causas biomecánicas del problema.
El objetivo prioritario en la fase aguda es aliviar el sufrimiento del paciente sin inmovilizar completamente la articulación. Se emplean técnicas como la crioterapia, vendajes funcionales o neuromusculares y moduladores del dolor para calmar el tejido irritado.
La aplicación de terapia manual permite desinhibir la musculatura acortada, movilizar la escápula y la articulación glenohumeral, y ganar rango de movimiento sin sobrecargar el tendón afectado.
Es la clave central para una recuperación definitiva. Incluye ejercicios de trabajo excéntrico, fortalecimiento de los rotadores externos y estabilización escapular. Un manguito rotador fuerte y bien coordinado centra la cabeza del húmero en la cavidad glenoidea y evita el rozamiento tendinoso.
Técnicas avanzadas como la punción seca en puntos gatillo miofasciales, la electrólisis percutánea terapéutica (EPI/EPTE) o la radiofrecuencia (diatermia) favorecen la reparación vascular y biológica del tendón en casos de tendinopatías crónicas.
Para evitar que la lesión vuelva a aparecer, es indispensable reeducar el gesto deportivo o laboral. El análisis del movimiento ayuda a corregir vicios posturales y a pautar una rutina de mantenimiento que mantenga la articulación saludable a largo plazo.
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